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El arte fue algo que nació conmigo, pues no provengo de una familia de artistas ni tuve una figura externa que me inspirara de niña. Llenaba cuadernos de dibujos, intentaba representar a mi familia, mis juguetes y la casa donde vivía. Digamos que el dibujo fue mi primer lenguaje artístico. En cuanto aprendí a leer y a escribir, mis historias comenzaron a tomar forma de cuentos sencillos que yo misma ilustraba e incluso confeccionaba en mis propios libros de manera artesanal. La inspiración de otros autores llegó mucho después, pero, en primera instancia, mi creatividad fue un impulso natural e innato. De modo que mi obra está llena de etapas, como etapas ha tenido mi vida. La inspiración no es una ceremonia, es un accidente provocado por lo cotidiano. Es en las pequeñas cosas donde mayormente encuentro el impulso para crear.
En el año 2007 creé un personaje que me acompaña hasta hoy. A primera vista, parece hecho para niños. La suavidad de los tonos pastel y la calma de la pintura plana simulan el lenguaje de los productos destinados al mundo infantil. Pero mi arte es un juego de simulaciones. Si miras con paciencia, encontrarás siempre una astilla, un detalle inquietante que desentona, esa sombra que cruza el jardín. Me obsesiona capturar el vuelo de la inocencia justo antes de tocar el suelo, ese instante en el que el mundo deja de ser un juego para volverse una verdad de adultos. Este personaje es mi espejo y mi refugio. En él he volcado mis miedos para que no pesen tanto. Recientemente, no camina solo: le sigue un perro, que no es otra cosa que el arte mismo, oliendo el rastro de mis pasos. Se han vuelto sombra y cuerpo, reflejando esa relación compleja y hermosa que tenemos los creadores con nuestro oficio con el paso de los años.